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Tlasojtlalistli: amor m.

Hay un momento en la vida de todos, en donde nos damos cuenta que nos falta amor. Nos falta amor y no es algo raro. La mayoría de las personas no sabe amarse a sí mismo, no sabe que puede agradecer por tantas cosas, y que debería hacerlo, sea o no de una religión, creas en lo que creas, deberíamos agradecer por todo lo que tenemos, lo que tuvimos ayer y lo que lleguemos a tener mañana incluso sin saber qué es. Debemos darnos cuenta que estamos enteros, y que nosotros mismos somos suficiente para nosotros, no necesitamos de nadie más, ni esa “otra mitad”.

Acaricia tus heridas, tus cicatrices, siente todo el peso que llevas en los hombros, cómo duelen tus pies de cargar tantas cosas que no necesitas, siente tu cuello tenso, de pensar y pensar que todo lo que necesitas está allá afuera, pero en realidad todo lo que necesitamos, lo que tú necesitas, está en ti mismo. No busques amor a medias de cualquier persona.

Ámate. Ámate con todo lo que tienes, ámate por todo lo que eres y por todo lo que haces. Ámate sin juzgarte, con tus defectos, con tus inseguridades, con tus kilitos de más, con tus caderas anchas, con lonjitas, con tu nariz, tu color de piel, tu huesos largos.

Ámate completamente. Deja de lastimarte y date cuenta que tu cuerpo ha soportado tanto, tanto dolor y decepción, dale amor. Tú dale amor a tu cuerpo.

Ámate y repítelo cada mañana, al despertar, en el camión camino al trabajo, en la escuela, mientras te bañas, mientras bailas. Ámate a todo momento y nunca dejes de hacerlo, porque eres la única persona que sabes que puedes confiar en lo que dices. Hazlo real, y ámate.

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Ivonne, 2016.

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Si preguntas si me arrepiento.

No dudes, cariño, en preguntarme lo que quieras, en preguntarme lo que necesites saber, no lo dudes ni un segundo, porque tengo alma sincera, y cualquier cosa te confesaría.

Como confesarte que de entre todos mis recuerdos tuyos, el que más me gusta es tu sonrisa. Pero no cualquier sonrisa, era tu sonrisa al mirarme, y saber que yo era quien la causaba. Que nunca disfruté tanto ir a un museo, como cuando fuimos, porque tú le quitaste todo lo formal y se llenó de colores aquel día, con tu andar entre los pasillos y tú mente perdiéndose en todas las obras.

Que cruzar un río proyectado en el piso, y hacer como si me salvaras de morir ahogada, me salvó de mí misma, que el café más cálido lo preparas tú, como que una paleta Mágnum se hizo un vicio gracias a ti y que conjugar verbos en presente y en pasado nunca me puso tan triste.

Confesarte que correr bajo la lluvia ya era divertido, pero contigo fue mágico,  y que el centro de la ciudad nunca había estado tan iluminado, hasta que te convertiste en estrella danzarina en mi vida. ¿Que si me arrepiento de algo? De nada de lo que ya vivimos, pero de todo lo que no. Cariño, eternamente me arrepiento de la primera vez que te dejé ir, y ahora me arrepiento por dejarte ir de nuevo. Me arrepiento infinitamente por no hacerte saber que mi sonrisa la causabas tú, y que lleva tu nombre. Todavía.

Me arrepiento de no empujarte contra las paredes blancas del museo y susurrante “te quiero”, de no tomar tu mano al cruzar la calle y apretarte fuertemente contra mi, de no salvarte de un río falso, y de ahogarme en tus recuerdos cuando tú ya vives de otros labios, de otras manos. De otro ser. Me arrepiento de no hacerte saber que ese café que bebimos juntos era el mejor del mundo. De no llevarte la Magnum clásica, es más barata y te habría gustado más, de conjugar estuve, dije, hice y fui y un millón de verbos más en pasado. De que tú estuviste, dijiste, hiciste y fuiste y un millón de verbos más en pasado. Pero duele mucho más, cariño, conjugar estuvimos, dijimos, hicimos y fuimos, y un millón de verbos más en pasado. Era más bonito: estamos, decimos, hacemos y somos. En presente. Me gustas en presente.

Me arrepiento de correr bajo techo cuando llovía, de no admitir que el centro es más bonito contigo, que eres mi luz. Y me hubiera gustado que lo supieras. Me arrepiento, cariño, de no besarte fuerte y tierno, como en las películas, de no sorprenderte con un abrazo que te uniera los pedazos rotos, de no abrazarte lo suficiente y guardarme por siempre tu aroma, de no tomar tu mano al caminar en las larguísimas calles.

De no besarte, cariño, de no saber cómo es el sabor de tus labios. ¿Y si era dulce? Haría que me gustaran las cerezas ¿Y si era ácido? Haría que me gustaran las carambolas ¿Y si era amargo? Haría que me gustara el vino.

Me arrepiento sobre todo de no amarte lo suficiente, cariño, porque ya no sé qué hacer con las sobras.

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Busco novia.

Hola, mucho gusto, hermosa mujer, de bonita sonrisa y ojos vibrantes. Hola chica de cabello largo y maltratado, hola, hola, hola.

El motivo de esto, es simple: Quiero llenarte de besos, caricias y apapachos.

Estoy dispuesta a pensarte todo el día y todas las noches en que no duerma, voy a soñarte y a despertarme con ganas de ti; voy a escribirte cartas, enviarte flores, voy a llamarte por teléfono para escuchar tu voz. Voy a hacer todo eso que los hombres no hacen. Voy a ir a visitarte hasta tu casa, voy a invitarte a salir, voy a llenarte de abrazos. Pero aún más, voy a llenarte de palabras, de esas que enamoran de poco en poco, y luego de golpe, fuerte, voy a enamorarte. Voy a tomar tu mano y darte un tierno beso en la mejilla, voy a hundirme en el perfume de tu cuello. Voy a cuidarte como si fueras de papel, a tratarte como toda una mujer y a quererte de la manera más loca posible. Voy a quererte porque eres arte, porque soy artista. Voy a amarte, voy a tratarte sigilosamente.

Voy a quererte de ésta y mil formas, sólo si aceptas ser mi todo, mi vida, mis días, mis noches, mis letras y mis sonrisas; si aceptas ser mi novia.

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Mi libreta lleva tu nombre.

Dos meses.
8 semanas.
62 días.
1488 horas.
89280 minutos.
5356800 segundos…
5356801…
5356802…
Y no regresas.

Me han dicho que todo esto es obsesión, que no te he superado, que no puedo dejarte. Dicen que soy adicta a alguien que no me ama. Me han dicho que prefiero morir antes que olvidarte.
Pero todos dicen cosas descabelladas, todos dicen y nadie escucha, todos miran y nadie ve.

Y no te diré que me ha vuelto el insomnio, pero si que las noches son más solas; no te diré que soy más triste, pero si que todos los atardeceres duelen; no te diré que he vuelto a llorar, pero si que se me han escapado algunas lágrimas al recordarte.

Pero lo que nadie sabe, es que yo te perdí mucho antes que todos los segundos que he contado. Te perdí hace más de 750 días, te perdí una larga noche, muy larga, y lo sé, porque me dolió el pecho, me dolió la cabeza, me ardían las mejillas, la nariz, mis labios se rompieron en mil pedazos, mis entrañas ardían y se contraían una y otra vez, mis manos buscaban un poco de tu compasión, que no tuviste, durante esas 4:30 horas, que recuerdo, dolió como nunca había dolido.

Te sentías mal, lo sé porque te conozco, pero no sabrás nunca lo que sentí en todo mi cuerpo, lo que sentí en las reacciones que tuvo mi cerebro al procesar tus mensajes. Fue uno de esos momentos de impacto, en los que sólo puedes quedarte, quedarte porque no sabes a dónde ir o qué hacer ¿qué iba a hacer a las 4:45 a.m.? Nada, obviamente.

Recuerdo que tus abrazos de 7.78 segundos siempre me dejaban con la sensación de correr tras de ti. Mientras que tus abrazos de 58.32 segundos siempre me dejaban la sensación de felicidad. Pero hubo otros abrazos que me dejaron más vacía que una casa abandonada, esos abrazos que duraban aproximadamente 3 minutos, porque habías hecho algo mal, o porque estabas triste, y de alguna extraña manera, siempre pensé que con tu tacto electrizante me pasabas toda tu tristeza, o al menos una parte, y eso era lo más cansado de nuestra relación. Que nunca fue. Que nunca hubo.

Nuestra relación que nunca existió, nunca la procesamos, nunca dejamos que fuera.

Recuerdo cosas, como el último café que bebimos juntos, recuerdo los hot dogs, los hot cakes, y el chocomilk que te salía riquísimo y a la primera. Recuerdo las películas: WATCHMEN, Drácula, Iron Man. Recuerdo canciones como: Somewhere only we know, 505, A Certain Romance y obviamente Brianstorm.

Pero no recuerdo cuanto mides, ni tu aroma, ni tu voz, ni el brillo de tus ojos, no recuerdo el sabor de tus labios ni la delicadeza de tu cabello, no recuerdo la textura de tu piel, ni lo que llevas en tu cartera, no recuerdo los juegos que tenías en el celular ni el sonido de tus zapatos.

Lamento decirte, que mientras más pasa el tiempo, te vas borrando de mí, y aunque no quiera dejarte, no puedo hacer que te quedes si no quieres.

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Tarde 24 de julio.

Ella se encontraba sentada en la arena del mar admirando cómo venían las olas y luego se alejaban lentamente, con un movimiento relajante. Los últimos y más finos rayos del sol le acariciaban la piel de sus piernas y brazos; ella vestía un lindo short color amarillo pastel y una blusa holgada de hombros caídos color blanca.

Por su mente pasaban infinidad de preguntas, recuerdos, pensamientos, canciones, alegrías y tristezas. Sentía que se había fallado a sí misma: lo había recordado.

Varias lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, dejando ver todos sus recuerdos, transformados ahora en lágrimas.

Tras un rato de estar ahí, enterrando sus pies en la arena y dibujando corazones con su dedo índice, casi se decidía a volver al cuarto del hotel.

—¿Puedo sentarme? — preguntó una voz varonil, pero tierna.

Ella ladeó la cabeza, intentando ver el rostro del hombre. Un joven de estatura media, cabello oscuro hasta los hombros y piel clara, delgado, ojos brillantes y de color miel, unos labios muy finos. Él sonrió.

—Oh… Claro —.
Se sentó junto a ella. Llevaba puestas unas bermudas a rayas en tonos azules oscuros y una camiseta blanca. Enterró sus pies en la arena, justo como ella. El sol se había ido y el cielo comenzaba a oscurecer con tonalidades moradas, rosas y naranjas. La primer estrella ya comenzaba a asomarse, haciendo que todo se viera completamente hermoso. El joven la miró a los ojos y volvió a sonreír. Ella no lo hizo.

—¿Por qué estás sola, no te molesta mi prescencia? —
“Esa voz.” Pensó ella de inmediato.
—Vine a ver el atardecer, necesitaba pensar… — susurró, luego mostró una fina sonrisa y prosiguió —… Y no, no me molestas —.
—He estado aquí un rato, planeaba acercarme, pero te vi muy tranquila admirando el atardecer, hasta que vi que comenzaste a llorar — se atrevió a decir.
—Si, estaba muy tranquila — desvió la mirada hacia las olas.
—¿Y qué pasó para que ya no lo estuvieras? — él miraba fijamente su perfil. Cabello corto y castaño, ojos café oscuro con las pestañas enchinadas y con un poco de máscara para pestañas, la parte baja de sus ojos mostraba algunas marcas de haber llorado, y llevaba un resaltante labial rojo.

—En realidad hoy no ha pasado nada, desde hace más de dos meses que no pasa nada — respondió ella con nostalgia.
—Si no pasa nada, entonces ¿por qué llorabas? —.
—Sólo estaba recordando a un viejo amigo — lo miró fijamente y continuó —Él se alejó de mi porque tuvimos problemas —.
—¿Un viejo amigo, cuál era su nombre?—.
—Se llama Trévor — susurró ella.
—Bueno, yo creo que Trévor debería sentirse orgulloso de que una mujer así lo extrañe tanto. Puedo ver que eres alguien que sabe apreciar mucho a las personas que te importan —.
—Si, pero yo sé que él no está pensando en mi — lo miró a los ojos y comenzó a derramar finas lágrimas.
—¿Cómo lo sabes? —.
—Él me odia —.
La mirada de él ahora se veía intranquila, esa chica estaba derrumbándose frente a él, con un millar de cosas en su mente, y sintió de nuevo esos calambres en el pecho.
—¿Cómo puede odiarte? Es ilógico, mírate ¡Estás llorando por él! Tú… En realidad… Tú lo extrañas — comenzó a decir; no podía entender cómo alguien era capaz de odiar a una mujer tan tierna, tan delicada. Tan hermosa.
—Simplemente lo hace… — susurró.

Sus miradas se cruzaron por un momento, luego ella volvió a mirar el mar, con la mirada perdida, buscando algo, algo que no estaba ahí, algo que se había ido y que no volvería, algún amor que había perdido y que no volvería a encontrar jamás. Él tenia a una mujer a su lado, con sentimientos de oro, con un gran amor, con un dolor aun más grande. Se había topado sin querer con la mujer que le había regresado esos lindos y dolorosos calambres en el pecho. Sintió deseos tan fuertes de abrazarla y mantenerla protegida entre sus brazos, de cuidarla de ese tal Trévor que tanto la había lastimado, y que aunque no sabia qué era lo que había pasado entre ellos, él quería protegerla de él.

—No logro entender a ese tal Trévor — dijo él en tono de broma —¿Me regalas tu nombre? — preguntó con la mirada llena de esperanza, de que ella respondiera lo que quería escuchar. Ese nombre que había intentado encontrar por todos lados durante años; que tan lejos estaban siempre y hoy se habían encontrado.

—Charlotte — respondió mirándolo a los ojos, con algunas lágrimas aun en su mirada, pero con la linda sonrisa de cada mañana para superar la pérdida, para vencer los recuerdos. A pesar del dolor de recordar, se sentía segura al lado de aquel joven, que a decir verdad, lo sentía más cercano que a nadie.
Como si fuera él. —¿Podrías decirme el tuyo? — preguntó con la esperanza de escuchar aquel nombre de la adolescencia que le había marcado el corazón en la distancia.
Conocía ese brillo en sus ojos. Podía ser él.

—Me llamo Ed — sonrió y luego se atrevió a decir — Dálmata, creí que jamás te encontraría —.

La sonrisa de ambos se hizo más dulce y sincera, ambos estaban ahí, unidos por algo.

—Creí que no me recordarías — susurró y se acercó para darle un fuerte y a la vez delicado abrazo, se hundió entre el delicioso aroma de su cabello largo y lasio, y luego susurró:
—Apolonyl —.

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Chica material : Mujer libre.

Todos los hombres dicen “Busco una chica sencilla, que no le importe si va bien vestida o si su cabello es un desastre, si sus uñas están mal pintadas o las cosas caras.”

No sé cómo interpretar eso, si para mí sinónimo de mujer es llamativo, majestuoso. Una mujer es para lucirla. No creo que una mujer deba desaprovecharse a tal grado de no lucirse. Si para eso estamos.

No te creo, amor, cuando dices que quieres a una chica que no se arregle, que no se preocupe de su cuerpo y de su aspecto emocional (he de resaltar que cuando digo que no nos preocupemos por nuestro cuerpo, no intento decir que todas intentemos ser como una modelo de Victoria’s Secret, y que en lo emocional sólo seamos auténticas).

Si te soy sincera, yo no soy así, te mentiría diciendo que no me gusta la ropa de marca, que no me gustan las joyas, que no me gusta cuando alguien me consiente. Yo soy materialista, porque me gusta palpar las cosas buenas, me gusta sentirlas; y tampoco todas las cosas buenas deben ser caras, me gusta también coleccionar sonrisas, cartas de amor y alguno que otro trébol.

No me considero una chica sencilla y simple, no soy fácil de tratar, mucho menos de ganar. Soy orgullosa, enojona, caprichosa e incluso tortuosa. Pero igual tengo defectos peores, al igual que mis mejores cualidades, como amar como se deberían de amar todos, de corazón, entregar los suspiros, el corazón darlo en cada beso, en cada parpadear frente a esos centelleantes ojos marrones, y abrazar como si tus huesos fueran a romperse y yo tuviese que sostenerte, para que no te alejes jamás de mi lado, amor.

Me gusta alzarme el ego con algún labial llamativo, con un vestido ajustado que deje ver mi figura a través de alguna tenue luz, y unos tacones perrísimos del ’15 o más’.
Me gusta que me halaguen con flores, chocolates o algún accesorio para lucir mi largo cuello. Que me llenen de libros con olor a nuevo, con cartas y cartas que manden por correo aunque eso ya no se use, que me llenen de besos los lunares de mi cuerpo como si de verdad me amaran aunque sea por unos instantes.

Soy materialista, perfeccionista y con el carácter de un par de tías juntas. Soy atrayente, como un magneto; soy sigilosa y misteriosa de vez en vez, como los gatos. Me gusta reír a carcajadas y que me abracen al dormir. No me gusta cuando me tocan el cabello si estoy intentando concentrarme, pero si cuando quiero dormir, no me gusta estar en lugares encerrados cuando hay mucha gente ni cuando hay poca, no me gusta el olor a tacos, ni los tacos. No me gusta cuando alguien es muy empalagoso, pero no me gusta que sean muy fríos conmigo. Soy mujer y soy niña.

Pero a pesar de todo lo material que puedo llegar a ser, amor, también puedo amar(te) intensamente, me gusta ser independiente pero también los detalles de caballerosidad. Una mujer debe lucir su risa a carcajadas más que esas curvas que todos han de mirar. Una mujer debe ser fuerte y delicada a la vez, debe dejarse cortejar para que no desaparezca ese romanticismo de antaño. Debe lucir natural, así sea con piedras preciosas, o con sus lunares hipnotizantes que decoran su piel.

Entiende muy bien, amor,
                     Quiero ser mujer, sensual y perfecta,
Pero sin dejar de lado
         Mi l i b e r t a d.

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Rojo intenso.

El ambiente de la laguna donde me encontraba era bastante caliente, el viento se sentía muy calido en mi piel descubierta y todo era lo suficientemente sofocante como para desear, literalmente, la última Coca Cola del desierto.

En mi mente lo único en que podía concentrarme era en el hecho de perderla, verla marcharse de mi vida. Mi corazón comenzaba a agitarse con el simple hecho de pensar que en cualquier momento escucharía el estruendoso motor de su asombroso coche rojo.
Rojo como sus labios.
Rojo como sus uñas.
Rojo como algún broche que suele llevar adornando su larga cabellera, que cada mes decide retocar con el tinte 6.66.

Rojo intenso.

Varias gotas de sudor bajaron por mi frente y hacia mis mejillas, y luego decididas a caer en alguna parte de mis brazos. Mojé mis labios con mi lengua, tragué saliva, y miré el reloj que llevaba en mi muñeca izquierda: 06:35 p.m.

Cinco minutos tarde.

Ella siempre decía que lo bueno tarda tiempo en llegar, y vaya que era cierto. Me sentía más nervioso porque sabía lo que iba a decirme, que me amaba, que toda la confianza se había ido al carajo y que yo nunca había valorado todo lo que ella hacía todo el tiempo por mi. Y tenía razón, pero lo que más me daba miedo, era que dijera que me amaba mirándome a los ojos. Porque sus ojos eran como dos infinitas galaxias en las cuales estaría dispuesto a navegar hasta encontrar respuestas.

Tras pensar todo esto, no me di cuenta que habían transcurrido sólo dos minutos más. 06:37 p.m. Y de repente, un sonido grave en la curva antes de la laguna, me despertó de mi ensoñación.

El motor a toda velocidad de un Challenger, era rojo, obviamente.

Se estacionó a suficiente distancia de mi coche como para que sólo me entraran a los ojos unas pocas partículas de polvo. Abrió la puerta, y vi pisar la tierra seca unas botas negras.

Toda ella era perfecta, era más que eso, era llamativa, intimidante, y muy sensual. Llevaba puestos unos jeans oscuros y una playera de una o dos tallas más grande de la que debería usar, lentes oscuros y labial rojo, uñas rojas. Su cabello ondeaba por el aire seco, y caminó hacia mí.

Mi corazón se detuvo por un momento, realmente la perdería esta vez. Esta era la definitiva.

—¿Para qué querías verme?— preguntó sin hacer alguna expresión. Ni disgusto, ni alegría, ni nada.

—Fui un tonto…— comencé a decir, como un completo tonto. Tragué saliva.

—Eso ya lo sé —.

—Escucha, intento disculparme contigo, por todo lo que pasó…—.

—Nada pasó — me interrumpió.

—No quiero que te marches de mi vida, no te vayas — comencé a suplicar más pronto de lo que tenía planeado.

—No me voy por mi cuenta. Tú me corriste, ¿recuerdas? No quiero perder mi tiempo hablando de algo que ya no tiene arreglo, algo que se rompió. Confiaba en ti. Nunca nada vuelve a ser igual, y no planeo perder mi tiempo OTRA VEZ haciendo lo mismo — dijo todo esto en una sola respiración.

No sabía qué decir, y así me quedé. Una lágrima mojó sus mejillas con algunas pecas. Y continuó:

—No puedo darte el lujo de hacer aún más pequeño cada fragmento de mi corazón. Tú fuiste, eres y serás el chico al que más he amado, o al único, mi amor más real y puro, más sincero, pero eso no te da el derecho de jugar conmigo, así que ve con ella, con toda sinceridad espero que sean felices, ambos, el uno con el otro — tomó un respiro —Ve con la mujer que amas, y olvídate de mí. —

Mi mente y mi corazón se estremecieron ante todo eso, comencé a comprender la importancia de saber siempre lo que uno busca, y no ocultarlo con falsos amores, de decir las cosas a su tiempo y que lo más doloroso es tener la oportunidad y dejarla ir. Así como la dejé ir, la primera vez sin avisar, la segunda por una estúpida pelea, y la tercera por simple estupidez mía.

Pero siempre la tercera es la vencida, y fue cuando se quitó sus lentes oscuros y me miró, con lo que antes eran dos galaxias, y ahora eran don agujeros negros, para erizarme la piel con un susurro y llevarse mi corazón tras ella, por el resto de mis días, aquí en este vacío mundo.

Las suelas de sus botas negras se gastaron conforme sus pasos se alejaban de mí. Verla subir a ese Challenger rojo fue lo mejor de mi vida, y al mismo tiempo lo que acabó por arrebatarme el último aliento de felicidad.

Decidí no pensar en nada más, y poder guardarme para mi solito el sonido de su voz susurrando:

“Te amo hoy y siempre,
aquí y allá,
y en la galaxia en que te encuentres.”

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¿El que no arriesga no gana?

Así sin conocerte, amor, puedo suponer muchas cosas, así de lejos, distantes, así de extraños desconocidos, así de curiosos, de tímidos, así de callados.

Puedo suponer, por ejemplo, que tienes pensamientos a la antigua, que desconfíes de todo a tu alrededor, que pienses que somos muy diferentes, y aunque así fuera, me gustaría estar cerca tuyo. Puedo suponer que nos decimos hola, que entre miradas tiernas nos vamos conociendo poco a poco, puedo suponer que salimos a pasear, que me invitas una nieve, que vamos a la feria de la colonia, puedo suponer que me llevas a la puerta de mi casa, que nos fundimos en un abrazo que no queremos que termine, que me besas la frente, que me deseas buenas noches.

Puedo suponer que después de un tiempo me haces esa pregunta que siempre he querido escuchar formulada, en mi oído, para que nadie más lo sepa, sólo tu y yo, puedo suponer que te digo que si, que nos sonreímos mutuamente sin poder ocultar la felicidad, puedo suponer que pasa el tiempo, que te enseño a tener una mente más abierta, que tú me enseñas a no ser tan celosa, puedo suponer que las cosas irán bien, que vamos a hacer todo como se debe.

Puedo suponer que pasa el tiempo y te invito a mis reuniones familiares, que tu me llevas con tus papás, que nos enseñamos cosas que no sabemos, puedo suponer que crecemos juntos, que volamos.
Puedo suponer que pasa el tiempo y quieres pasar el resto de tu vida conmigo, puedo suponer que te digo que si, por segunda vez, que haremos una celebración sencilla y familiar, que encontramos la forma de superarnos y comprar una pequeña casa, puedo suponer que tenemos nuestras primeras peleas maritales, que las arreglamos, que nos peleamos de nuevo que hablamos para arreglarlas y que no suceda de nuevo, puedo suponer que me encanta que ronques por la noche, y a ti que yo te dé patadas, puedo suponer que me dejas notas de amor en el refrigerador, o en el espejo, en la puerta, en mi buró, en mi libro favorito, puedo suponer que siempre me besas bajo el marco de la puerta antes de irte a trabajar, que me llamas para ir a comer a casa de tus hermanos, o yo te aviso que iré a casa de mis padres.

Puedo suponer que te gusta mi familia, que festejamos navidad con mi familia y año nuevo con la tuya, como me han acostumbrado, puedo suponer que el día de mi cumpleaños me regalas flores y globos y me dices “No pude invitarte a cenar, pero invité a tus mejores amigas y amigos a la casa”.

Puedo suponer que yo te pinto mil obras sólo para ti, que intento enseñarte a ver el arte, que tú sólo comprendes el mío, puedo suponer que van a pasar los años y que tendremos uno o dos hijos, como yo quiero, o cinco o seis como tú quieres, puedo suponer que tenemos un termino medio entre los que tú quieres y los que yo quiero. Puedo suponer que nos volveremos locos de felicidad al tenerlos, de llevarlos a la escuela, de celebrar sus primeros cumpleaños, puedo suponer que van a rayar la pared y tú los vas a regañar y yo les diré que es arte.

Puedo suponer que crecen y se van a su primer fiesta, que yo no duermo porque no han llegado, y tu roncas mientras leo esperándolos.
Puedo suponer que crecen muy rápido, que el tiempo vuela y de repente ya se están graduando, que conocen a chicas y chicos, que un día de la nada deciden casarse, y nos quedamos solos otra vez, como comenzamos.

Puedo suponer que la vida nos da buenos recuerdos, que los años nos dan cuerpos débiles, puedo suponer una vida entera a tu lado.
Puedo suponer un millón de cosas.

Así como también puedo suponer que nunca pasará nuestra conversación de un simple “Hola.”

Puedo suponer que yo nunca tengo ese tema de conversación que a ti te interesa, o que tú nunca tienes el coraje de invitarme a salir, puedo suponer que mis estudios me llevan lejos de aquí, que tu futuro te lleva a concentrarte en otras cosas, puedo suponer que un chico comienza a hablarme, y hace de mi vida una historia muy distinta a la que quiero contigo, puede que haya una chica en tu vida y se van conociendo poco a poco, lento como yo esperaba.

Puedo suponer que nos enamoran otros ojos, que no son tuyos ni míos, y que ella no quiere tener hijos, y que él tampoco, puedo suponer que adopto otro perro, puedo suponer que adopto un niño.
Puedo suponer también que no le gusta bailar, que tenemos mucho en común, que no hay ningún problema, puedo suponer una vida libre y feliz lejos de ti, y tú de mi.

Puedo suponer todo lo que yo quiera, pero lo que quiero suponer justo ahora, es que nuestra conversación sea lenta, fluida, pero no a prisa.

Puedo suponer que yo te gusto, como tú a mi.

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El autobús parte al atardecer.

Esa mañana el calor era muy sofocante, las aves casi no cantaban y los niños no salieron a jugar, los abuelos casi no pronunciaban nada, algunos tips para el viaje, los típicos “Cuídate mucho, mijito” y “Nos avisas cuando llegues, salúdame a tus papás”. Los abuelos siempre tan preocupones. Terminé mi desayuno y ayudé a limpiar un poco, me despedí de ambos besándolos en la frente, y con un abrazo chiquito, esperando encontrarlos al volver después de 3 semanas en mi ciudad natal.

Me colgué mi vieja mochila azul y salí, arrastrando las botas contra la tierra, mientras el sol me daba en la espalda y comenzaba a sentir que mis orejas ardían. Después de poco más de una hora de viaje en el transporte público, llegué a mi pequeña casita, todavía olía a pintura, acomodé algunos de mis libros y terminé mis maletas, puse en ellas todo lo necesario para sobrevivir tres semanas, lo importante, la tarea de la universidad y algunos libros, empaqué una sola chamarra, allá en el norte por estos días hace más calor que en Guadalajara. Mientras meditaba sobre cómo empacar mis zapatos y tenis, me llegó un mensaje de texto.

“Hola ¿hay buenas nuevas, te voy a ver?”.

Quería verla, de verdad, pero sabía que si la veía antes de partir, esas tres semanas serían demasiado largas, porque sabía que ella se apretaría a mi, impregnando su dulce aroma en mi ropa, y dejándome con el pecho lleno de “te quieros”, y un ligero sabor a tic tac de naranja.

“I got bad news… Debo salir de la central de Zapopan, y ya tengo que dejar el cuarto, lo siento.”
Me atreví a enviar.

Y después de una tarde en casa de mi tía, donde sólo se la pasó criticando la carrera que elegí y sobre mi corte de cabello, partí a la central de Zapopan. El atardecer se veía tan melancólico, me recordó al Principito y sus 43 puestas de sol.

Luego de un rato, me llegó otro mensaje.

“El atardecer se ve bastante hermoso, ten un buen viaje.”

Sentí algo en el pecho al saber que ella en algún sitio estaba admirando el atardecer, y que no la vería, que no la besaría hasta volver a verla, y que no la abrazaría hasta que la invitara a salir otra vez, todo eso en tres semanas. Lo único que pude contestarle fue: te quiero. Y mi celular no volvió a timbrar ni a vibrar, luego me quedé dormido, comenzando mi viaje.

Alejándome de ella.

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Nunca se desvanece.

Para alguien muy importante, alguien especial, para alguien imparable.

Ayuda, auxilio, sufro limerencia.

Así que esto puede terminar sólo de dos maneras: o bien, o mal. Y aunque tengo miedo de que termine mal, me aterroriza que termine bien.

Si termina mal sólo voy a sentir soledad y eso no es tan malo, no, no cuando se está acostumbrado. Si termina mal sé que voy a quebrarme, seré tormenta por dentro, voy a desarmarme, a desmoronarme, pero puedo vivir con eso, puedo soportarlo.

Si termina bien voy a aceptar entrar en un profundo romance, voy a sentir que mi corazón se detiene cada vez que te vea, se me acalambrará todo el cuerpo y mis latidos irán tres cuadras adelante de mi. Si termina bien voy a suspirar aún más, y seamos realistas, ya suspiro demasiado.

Si termina mal los silencios serán vacíos, en verano sentiré frío, mis manos no sabrán reconocer tacto si no es el tuyo, mis ojos, a pesar de buscar como locos en las multitudes no encontraran figura como la tuya, no encontraré una luz como la que me brindas tú. Si termina mal ya no sabré pronunciar nada, porque todo te lo habré dicho a ti.

Si termina bien voy a encontrar nuevas formas de demostrarte lo que siento, todas mis venas se llenarán de energía, mis huesos ahora serán cálidos, mis latidos serán como una sinfonía unidos con los tuyos. Si termina bien, me arriesgo sin armaduras a entregarte todo lo que tengo, no se acabarán los ‘te quierísimo’ que susurrarán mis labios, no se cansarán mis ojos de mirarte ni mis brazos de abrazarte.

Sin importar si termina bien o mal todo esto, sentiría que nada es más importante que quererte con toda mi alma.
Ni ir a cenar sushi.
Ni los deberes del hogar.
Ni ir manejando.
Ni siquiera descansar por la noche.
Nada puede ser más importante que darte a conocer la forma en que me haces sentir el amor.

Que quisiera que todo esto sea tan natural como un jugo de naranja, como un campo de florecillas, como un riachuelo fluyendo. Tan rico como cuando se duerme sólo en calzoncillos en una noche calurosa, como quedarse en cama un domingo de invierno, tan rico como comer nieves juntos. Tan asombroso como ver un arcoiris o una estrella fugaz. Tan etéreo.

Y como dijo Tagore “Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.”

Quiero que permanezcamos, aunándonos, que todo sea inmarcesible, que no se sienta el peso de los años y que nuestros corazones no envejezcan nunca.

Quiero aprovecharte, amor, porque la vida es corta, el cuerpo débil, y el corazón imparable.